jueves, 29 de octubre de 2009


La frase que paró un golpe de Estado

Pasará a la Historia por una frase, un relámpago de intuición en medio de la confusa oscuridad que reinaba en la tarde-noche del 23 de febrero de 1981. Hasta entonces, los golpes de Estado se frenaban con despliegues de tropas, con resistencia armada, con ejercicios de Estado Mayor y con la fuerza más o menos explícita de las armas. Aquella noche, en la soledad de una Zarzuela sacudida por la preocupación, la zozobra y el aislamiento, el general Sabino Fernández-Campo, secretario general de la Casa del Rey, detuvo un pronunciamiento militar contra la democracia con una sola frase. “Ni está ni se le espera”.



Se la dijo al general Juste Grijalba, jefe de la División Acorazada Brunete, cuyos blindados rugían dispuestos a lanzarse sobre Madrid en medio de un fragor de oficialidad levantisca. Don Juan Carlos y Fernández-Campo habían comenzado una ronda de llamadas a jefes militares para tratar de detener la asonada iniciada con el asalto al Congreso del teniente coronel Tejero; Juste, que formaba parte de la conjura pero aún sentía un cierto escrúpulo de disciplina ante la sublevación, quiso saber si el general Armada, el jefe intelectual del golpe, había llegado ya al palacio del Rey. Para él se trataba de la prueba decisiva, el contraste de que el levantamiento contaba, como el propio Armada había sugerido, con el visto bueno de la Corona. Que era un golpe del Rey, no contra el Rey; el último impulso que el militar necesitaba para sumarse a la intentona.

Sabino podía haber dicho simplemente que no, que Armada no estaba allí, que no había llegado. De hecho, hubo horas de aquella larga noche en que Zarzuela estuvo a punto de permitir la visita solicitada por el antiguo colaborador de Don Juan Carlos. Pero la pregunta de Juste le encendió a Fernández-Campo la luz que necesitaba para alumbrarse en medio de la incertidumbre y la confusión. Y reaccionó con unos reflejos históricos que resultaron determinantes en el momento más crucial del golpe.”Ni está ni se le espera”. Sin saber aún hasta dónde alcanzaba la responsabilidad de Armada, el hombre que ejercía de mano derecha del Rey cortó en seco cualquier sugerencia de complicidad de la Corona en aquella infamia. Y los tanques de la Brunete acabarían apagando sus motores sin lanzarse a una aventura sin retorno.

Sin duda su crucial actuación de aquella noche determinó para siempre el perfil del general Fernández-Campo en la historia moderna de España, pero su papel al servicio de la Corona fue mucho más largo, intenso y fecundo. Sabino fue el hombre que dirigió la Casa del Rey durante el período de consolidación de la democracia, el que movió los hilos que cosieron la imbricación del aún joven monarca con el tejido civil y social de la España recién salida del franquismo, el que pilotó la excelente relación de la Monarquía con el primer gobierno socialista desde la guerra civil. Sabino fue el asistente de lujo que el Rey necesitaba para ejercer el arbitraje constitucional, y su mano discreta y astuta sostuvo el andamiaje que permitió a la Corona consolidarse como la institución más apreciada y respetada por los españoles. Sabino tuteló la instrucción del Príncipe, Sabino consolidó la pequeña pero eficiente organización de la Zarzuela. Sabino preparó y despachó visitas y viajes, Sabino engrasó una maquinaria institucional que se iba desarrollando en paralelo a la progresiva modernización del Estado. Su potente intuición política, su formación intelectual y su sabio criterio de prudencia respaldaron desde el segundo plano el crecimiento de la figura de don Juan Carlos como un gigante de la España contemporánea, impulsor de la más larga etapa de estabilidad democrática conocida por el país en los últimos siglos.

Un hombre que estuvo en tantos secretos, que conoció de primera mano tantas cosas, nunca reveló ninguna a la luz pública. Brillante conversador y dueño de una sintaxis perfecta y de una pluma inteligente, mantuvo tras su retiro un espeso silencio jubilar sobre la historia de la que pudo ser fuente privilegiada. Su talento para las frases certeras lucía en la explicación que siempre daba a su persistente negativa a publicar unas memorias: “Lo que puedo contar no tiene interés, y lo que tiene interés no lo puedo contar”. Quizás hiciese una excepción con la llamada del general Juste: poca frivolidad para quien se ganó un sitio en la posteridad con un golpe de teléfono.


fuente: abc. es

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