jueves, 14 de abril de 2011

La increíble historia de Mario Fendrich

Segunda parte: Un ladrón Guiness



La increíble historia de Mario Fendrich inspiró una película (“Tesoro mío”, con guión de Daniel Guebel) y dos emisiones de los unitarios televisivos “Sin condena” (Canal 9) y “Botines” (Canal 13). Además, Fendrich entró en el Libro Guinness de los Récords por ser el autor del mayor robo individual e incruento de la historia. Por si fuera poco, un grupo de jóvenes creó en Facebook el grupo Admiradores de Mario Fendrich. En Santa Fe, hasta hace cinco años una agencia turística incluía en un tour por la ciudad un paseo por el barrio de Fendrich. En un artículo titulado “Los héroes nunca se rinden”, publicado por Página 12, Osvaldo Soriano escribió que “Fendrich pasó de ser un genio a un vulgar delincuente. Resultó un mal mentiroso con esa historia según la cual se llevó la plata apretado por la mafia. Si huera dicho que, perdidamente enamorado de una princesa tuvo que robar para indemnizar a su familia. O que robaba para la corona…”.
La aventura del subtesorero duró 109 días. ¿Qué hizo durante el tiempo que estuvo prófugo? Aún es un misterio. Se dijo que viajó a Paraguay, que paseó con su amante mucho más joven que él  por las playas de Brasil, que se hizo una cirugía plástica, y que apostó parte del dinero en el casino. El 9 de enero de 1995, un día después de la trágica muerte de Carlos Monzón, Fendrich se presentó ante la Justicia de Santa Fe. Su estrategia fue entregarse ese día porque pensó que el entierro de Monzón iba a opacarlo. Pero ese día, la noticia de su reaparición compartió espacio con la despedida de los restos del ex campéon mundial de boxeo.
La apariencia del ex subtesorero no parecía la de un prófugo perturbado: estaba teñido de pelirrojo, se lo veía más gordo, tenía barba, lucía un bronceado envidiable, camisa sport y sandalias franciscanas. Su aspecto dejaba en claro que no había estado oculto bajo tierra. Cada vez que lo trasladaban a declarar, muchas personas le pedían autógrafos, vitoreaban su nombre, lo aplaudían o le gritaban “ídolo”.  Fendrich parecía imperturbable, ajeno a lo que su acto había generado. “No me siento símbolo de nada”, llegó a decir.
Ante la Justicia, el bancario ensayó una coartada inverosímil: dijo que lo habían secuestrado y que los delincuentes se habían llevado todo el dinero. Nadie le creyó. Los millones nunca aparecieron. Se dijo que Fendrich había comprado estancias en Paraguay, que un grupo de amigos lo había estafado y que un desconocido le sacó el dinero para invertir en la Bolsa.
“Era un trabajo poco grato. La rutina a uno lo absorbe, lo atrapa y lo lleva. Nunca debí haber trabajado en un banco. Ahora soy más libre”, le confesó Fendrich al periodista Eduardo Parise, de Clarín, pocos años después del robo.
En el juicio oral declararon 33 testigos. Sus amigos y ex compañeros seguían sorprendidos por el mal paso del subtesorero. “Es un pingazo. Cuando íbamos a pescar, no quería que habláramos de política y de trabajo”, declaró uno de ellos. Las autoridades del Banco Nación  pidieron una dura condena, para darle el ejemplo a los empleados honestos.
El 12 de noviembre de 1996 el Tribunal Oral Federal de Santa Fe lo condenó a ocho años, dos meses y quince días de prisión por el delito de peculado. Además lo inhabilitaba de por vida para ejercer cargos públicos. Para Fendrich, ese castigo era un alivio. Un amigo suyo, Rogelio Picazo, fue absuelto: estaba acusado de ser uno de los ideólogos del robo. Los investigadores de la Justicia estuvieron a punto de desenterrar las tumbas del cementerio privado administrado por Picazo, Parque de la Eternidad, porque sospechaban que el botín estaba enterrado ahí.  Pero se equivocaron.


Continuará…


fuente:  elidentikit.com

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