viernes, 15 de abril de 2011

La increíble historia de Mario Fendrich

Tercera parte: El reposo de un jubilado


En la cárcel de Las Flores, en Santa Fe, Mario Fendrich  tuvo una conducta excelente. Ni en prisión logró salir de la rutina de oficinista: le encomendaron tareas administrativas en un aula del penal. Después de cuatro años, nueve meses y 20 días de encierro, salió en libertad condicional. La Justicia le puso varias condiciones que debía cumplir durante poco más de dos años: vivir con su familia, trabajar y no tomar alcohol. Pero hubo un requisito insólito: si aparecía la plata robada, Fendrich debía llamar a los investigadores para devolverla. La plata nunca apareció. Lo único que recuperó la Justicia son los 72 mil pesos que pagó el condenado por una multa que le impusieron.
A Fendrich, su paso por la prisión lo hizo reflexionar: “Acá adentro hay más códigos que afuera”. En libertad abrió una pequeña fábrica de placas de yeso para cielorrasos y de fibra de vidrio para lanchas. Luego vendió objetos de bazar.
Tiempo después, en una entrevista televisiva reconoció que el robo fue planeado con un grupo de amigos en la mesa de un café. Primero comenzó con una broma. Pero al final se ejecutó el golpe. ¿Esos amigos lo engañaron y se quedaron con el dinero? Nunca se supo. “Tal vez algún día se sepa la verdad”, dijo Fendrich con tono misterioso.
El subtesorero más famoso de la historia criminal argentina quiere pasar los últimos años de su vida en el anonimato. “No quiero saber nada con los medios. No quiero aparecer ni en una tapita de gaseosa. Hasta me cambiaría el apellido. Quiero olvidarme de lo que pasó. Todo lo que se dijo es bolazo. Quiero estar tranquilo con mi familia. Escriban lo que quieran de mí. Total, ya se dijo tanto. Mi vida no tiene nada de interesante: soy un pobre jubilado”.
Su esposa y sus dos hijos (uno de ellos, cirujano) lo perdonaron. Viven como si no hubiese pasado nada, en la casa de siempre, sobre la calle Jujuy, frente al Parque Sur: es un chalet de dos plantas cuya fachada está deteriorada.
Fendrich nunca más pasó por la puerta del banco, ese edificio colonial construido en 1891 en la esquina de Tucumán y la peatonal San Martín. El ex subtesorero extraña salir a la calle sin ser observado, ir a la cancha a ver a Colón de Santa Fe, pasear por una plaza, ir a una peña folclórica o pescar en el río Paraná sin que nadie le pregunte dónde escondió la plata. Pero lo tranquiliza no tener que levantarse temprano, afeitarse prolijamente, ponerse el nudo de la corbata y salir de su casa para ir al banco a comportarse como un autómata que cumple órdenes. Haber enterrado esa rutina para siempre –una rutina que cada vez lo asfixiaba más– lo alivia. Lo hace sentir, por fin, un hombre libre.


 fuente: elidentikit.com

2 comentarios:

  1. Creo que como muchos seguramente x un instante sintio ganas de cambiar su vida de dejar todo atras y escapar, volar bien lejos ser otra persona, sin pensar que en un instante podemos perderlo todo po un momento de estupidez pero.... moraleja cuando perdemos.... jamas perdemos la leccion...
    Que tenga un buen fin de semana! exelente tu blog me encanta!

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  2. muchisimas gracias, aradely. nada como la satisfaccion de un lector contento. espero que hayas teniudo un buen fin de semana tambien, recien hoy veo el comentario, es que dejo muchas entradas programadas con antelacion.
    Exitos!

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